«La jarra de Pandora», Natalie Haynes

Seguro que todos conocemos, en mayor o menor medida, la mitología griega. A pesar de la distancia que nos separa de los griegos clásicos, sus historias han llegado hasta nuestros días y sus dioses y héroes forman parte de la cultura popular. Los mitos evolucionan con el paso del tiempo y ya en su época existían diferentes versiones de los mismos, pero lo único que ha permanecido inmutable (con honrosas excepciones) es el machismo que los impregna. Es por esto que Natalie Haynes (autora también de Las mil naves), ha querido recuperar en este ensayo a diez mujeres relevantes de la mitología griega para comparar cómo eran vistas por los griegos en la antigüedad y cómo su percepción ha ido cambiando.

Comenzamos el libro con Pandora, conocida por abrir la famosa caja y extender todos los males por el mundo, excepto la esperanza. Cuando el titán Prometeo roba el fuego para entregárselo a los humanos, Zeus decide contrarrestar ese regalo con una calamidad. Es por esto que, con ayuda de Atenea y Hefesto, crea a Pandora, una mujer hermosa que con su caja (que en realidad es una jarra, de ahí el guiño que hace Haynes con el título) traerá las mayores desgracias al mundo de los mortales. Pandora es solo una herramienta que ha sido creada por los dioses para vengarse de Prometeo. Ella no puede ir en contra de los dioses y negarse a su destino y, sin embargo, lo que ha perdurado en la memoria colectiva es que Pandora es una mala mujer porque con su egoísmo y su curiosidad ha provocado un dolor indecible a los hombres.

 

Yocasta, sin embargo, no es conocida por méritos propios, sino por la maldición que pesa sobre su esposo (e hijo, como descubrimos posteriormente) Edipo, quien, sin saberlo, mata a su padre Layo y se casa con su madre. Este mito se centra en la desgracia que supone para el propio Edipo descubrir la profecía que pende sobre él y que termina cumpliéndose. Pero poco se habla del sufrimiento que todo esto causa a Yocasta, pues le arrancan a Edipo de sus brazos cuando es apenas un bebé. No solo eso, sino que ella demuestra su inteligencia al ser la primera en atar cabos y darse cuenta de que está casada con su hijo y, como resultado, se ahorca en su habitación (en otras versiones sigue viva) mientras Edipo sigue en el centro del escenario tratando de dilucidar qué es lo que está ocurriendo. Yocasta ha perdido a su hijo, a su primer marido y ahora, por segunda vez, ha vuelto a perder a ambos en la figura de Edipo. Pero a nadie parece importarle su dolor porque parece que el único que tiene derecho a sufrir es Edipo.

Seguimos con Helena, el epítome de mala mujer y mala esposa, la única responsable de la cruenta guerra entre griegos y troyanos por su egoísmo al fugarse con Paris. Que fuera presumiblemente secuestrada por Paris y que todo ello fuera en realidad una estratagema de los dioses (recordemos que Hera, Atenea y Afrodita hicieron una competición para decidir quién era la más bella y la diosa del amor le prometió a Paris la mano de Helena a cambio de escogerla a ella) parece secundario. Cuando se piensa en una de las guerras más devastadoras de la antigüedad, automáticamente nos viene a la mente la pérfida Helena, que provocó un derramamiento de sangre sin precedentes a causa de su egoísmo y su infidelidad.

Medusa es conocida por ser una gorgona despiadada que convierte a sus enemigos en piedra. Su historia comienza cuando es violada por Poseidón en el templo de Atenea. Atenea, en vez de vengarse del dios, decide castigar a Medusa convirtiendo su pelo en serpientes. Este acto también se ha interpretado como un regalo por parte de la diosa, pues así la gorgona deja de ser tan atractiva para los hombres y sus recién adquiridos poderes le sirven para defenderse. Así pues, convertida ahora en un monstruo, envían a Perseo a acabar con ella y traer su cabeza como prueba de su hazaña. Una vez más, el trasfondo de Medusa queda olvidado para centrarnos en lo verdaderamente importante: la heroicidad de su asesino.

Por suerte, las amazonas salen relativamente mejor paradas. Son guerreras audaces, valientes, tan capaces como los hombres. En la antigüedad eran respetadas y tratadas como iguales, hasta el punto en que una de las más conocidas y admiradas era Pentesilea, la reina de las amazonas que combatió contra el mismísimo Aquiles en Troya. No obstante, una de las características que más ha perdurado, y que hace que su imagen actual no sea tan halagüeña, es que las amazonas eran una tribu de mujeres y eso ha tornado en una creencia de que odiaban a los hombres. Esto ha hecho que en versiones más modernas esa imagen poderosa de guerreras se haya ido diluyendo poco a poco.

Clitemnestra, por su parte, es retratada como una mujer hambrienta de poder que ha reinado mientras su esposo Agamenón luchaba en Troya. Al regreso de este, lo asesina a sangre fría, así como a su amante, Casandra. Detrás de esta mujer frívola se oculta, en realidad, una madre que ha tenido que soportar cómo Agamenón sacrificaba a su hija Ifigenia a los dioses. Clitemnestra ha esperado durante años a que su esposo regresara de la guerra para vengarse por esa atrocidad. Agamenón no solo ha matado a su hija como a un animal, sino que encima el día que vuelve a su hogar, lo hace acompañado de una mujer a la que ha secuestrado para hacerla su amante. ¿Es el acto criminal de Clitemnestra proporcional a la agonía que le ha causado su esposo durante todo este tiempo? ¿O es solo una reina despechada? Sea como fuere, lo cierto es que su dolor suele minimizarse y la imagen que proyecta es la de una esposa vengativa, celosa e irracional.

Eurídice y Orfeo probablemente tengan la historia más romántica de toda la mitología. Eurídice muere muy joven y Orfeo no duda en descender al Inframundo para traerla de vuelta. Perséfone se lo concede, a cambio de que salga del Inframundo sin mirar hacia atrás para comprobar si Eurídice le sigue. Sin embargo, Orfeo no puede evitar la tentación y su impaciencia hará que pierda a su amada para siempre. Este sacrificio por amor hace que, una vez más, el foco se ponga en Orfeo. Pero, ¿y qué pasa con Eurídice? ¿Cuáles son sus sentimientos al respecto? ¿Qué supone para ella haber muerto tan joven? ¿Acaso alguien le pregunta si quiere regresar? Cuando Orfeo se da la vuelta y la pierde para siempre, nos centramos en el sufrimiento que eso le causa a él, pero ¿y el horror de Eurídice cuando ve desaparecer su única oportunidad por culpa de la impaciencia de su marido?

Otra tragedia es la de Fedra, esposa de Teseo. Fedra se enamora de su hijastro Hipólito y al no ser correspondida, deja una nota acusándolo de violación antes de ahorcarse. Teseo, para quien Fedra es su segunda opción después de abandonar a su hermana Ariadna, tiene un amplio historia de violencia sexual que incumbe a todas las mujeres con las que ha estado. Y aun así, lo que se destaca de Fedra es que acusa falsamente a su hijastro de violación. Parece importar más la denuncia de algo que nunca ocurrió, que las cientos de violaciones ampliamente documentadas (y suavizadas) cometidas por su marido. Y no solo eso, sino que en la obra de Eurípides queda reflejado que el amor antinatural que siente Fedra por su hijastro es fruto de, una vez más, la venganza de Afrodita contra Hipólito porque este prefiere a la diosa Artemisa en vez de a ella. Es decir, de nuevo se culpa a Fedra de ser una mala mujer, mala esposa y mala madre por un amor que no puede evitar.

Medea se nos presenta como una poderosa bruja y serán sus habilidades y su inteligencia lo que le abrirá un hueco en la tripulación de Jasón y sus argonautas. Será su magia y su valentía la que, según los mitos, permitan a Jasón llevar a cabo su misión con éxito. Pero después de todo lo que ha hecho por él, Jasón la desprecia en busca de un matrimonio más ventajoso y será ante esta humillación y desesperación que Medea tomará una decisión horrible: enviará a sus hijos a la muerte para causarle a su esposo el mismo dolor que ella ha sufrido. Absolutamente nada justifica el sacrificio de sus propios hijos, pero cuando se habla de Medea como ejemplo de mala madre, tiende a obviarse todo lo que hay detrás y que, en cierta medida, le «obliga» a tomar semejante decisión, decisión a la que, obviamente ella tampoco es inmune.

 

Haynes cierra su ensayo con la mejor elección posible, Penélope, el ejemplo por antonomasia de cómo debe ser una mujer. Penélope ha pasado más tiempo sin Ulises (veinte años) que con él. Ni siquiera sabe si ha muerto en Troya, pero su fe inquebrantable por su regreso no decae incluso aunque los pretendientes la atosiguen y mengüen sus recursos. Pondrá en práctica una estratagema propia de las esposas perfectas: tejer un sudario para su suegro. Engaña a sus pretendientes alegando que, cuando esté terminado, escogerá a uno de ellos. Sin embargo, cada noche deshace la labor. Penélope es el epítome de paciencia, perseverancia y fidelidad. Se podría decir que, de todas las figuras femeninas que aparecen en la mitología griega, es la que sale mejor parada. Pero eso no es necesariamente algo positivo, ya que las cualidades que se destacan de ella son su devoción por su marido, el cómo antepone sus intereses incluso a su propia seguridad y su sumisión.

Así pues, Haynes hace un repaso a algunas de las mujeres más famosas de la mitología y, aludiendo a las diferentes versiones de los mitos que existen sobre ellas, construye un panorama completo de su vida y de por qué terminaron adquiriendo tan mala imagen. Además, no se limita solo a aludir a las fuentes antiguas, sino que también compara los escritos griegos con cómo se han representado en obras modernas, llegando a la conclusión de que incluso los propios griegos tenían una mejor consideración de ellas que muchas de las reinterpretaciones que se han hecho en la actualidad. La jarra de Pandora es un ensayo imprescindible para aquellas personas que quieran acercarse a la mitología griega con una mirada crítica y desde una perspectiva de género.

La jarra de Pandora

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